¿Sabes cuál es tu historia? ¿O te la han contado otros?
Este escrito ha sido tomado fielmente del post de un internauta en Twitter. Lo uso acá porque plantea muchísimos elementos que, desde la filosofía y el pensamiento latinoamericano, son verídicos. Además, su enfoque crítico lo enriquece mucho más.
¿Cuánto sé de mi propia historia?
Un profesor universitario zapoteco se la hizo a sí mismo a mitad de su vida y de una carrera profesional brillante. Tesis doctoral sobre Foucault, lecturas de teoría crítica, teoría francesa, pensamiento postestructural, años hablando de descolonización en congresos y aulas... Se detuvo, se preguntó qué sabía de su propia cultura, y la respuesta fue: ¡Nada!
Hablaba fluidamente de descolonizar con las herramientas de quien lo colonizó, pero del pueblo que lo parió no sabía nada. Esa es la estrellada. Nos pasa a casi todos, aunque muchos nunca lleguen siquiera a cuestionárselo. Fuimos educados con una línea de tiempo que empieza en Grecia, pasa por Roma, luego por el Renacimiento y finalmente por nosotros y el presente.Nos enseñaron que el origen del pensamiento, de la matemática, de la medicina, de la filosofía, está en un puñado de hombres del Mediterráneo. Y resulta que no, ese relato se fabricó hace poco, por allá en el siglo XVIII.
Es un invento reciente. Nos entregaron la historia de una península como si fuera la historia de la humanidad y nos hicieron sentir cultos por repetirla como loros. Cuando este profesor fue a mirar los suyos, encontró que, en el siglo VI antes de Cristo, mientras Parménides discutía sobre el ser, en Centroamérica, en Monte Albán, ya se levantaba una estructura arquitectónica de enorme complejidad matemática, astronómica, calendárica y espiritual, con antecedentes que se remontan hasta 1600 antes de Cristo, en Mogote. El primer sistema calendárico de América. El primer sistema de escritura de América. Gente que predecía eclipses antes de que nacieran Pitágoras y Euclides.
Eso le "voló la cabeza" al profe. Se sentía tan ignorante... Pero empezó de cero. La conquista de los españoles cometió un horrible epistemicidio, y lo más útil que encontró fue "la lengua". El zapoteco que hablaba desde niño resultó ser una biblioteca de por lo menos cinco mil años, que si se rastrea hasta la lengua protootomangue, podrían ser muchos más. Ahí estaban las categorías, encriptadas en las palabras, en las estelas, en la epigrafía de quinientos, seiscientos años antes de Cristo. Tuvo que forjarse sus propias herramientas para leerlas, porque a las universidades occidentales esto no le importa.
En la universidad le enseñaron a Foucault, que él sigue valorando, pero que, como decía Dussel, es necesario y no suficiente. Y lo que encontró ahí adentro no se parece a nada de lo que "ya sabía". Ninguno de los conceptos con los que las ciencias sociales todavía se ganan la vida como "sujeto y objeto", "identidad", "sustancia", "esencia", "razón absoluta"... ¿Qué encontró? Que hay oscuridad, luz, agua, fuego, aire o aliento vital, tierra, y una quinta fuerza que es movimiento y vida. Si a un filósofo griego se le pregunta qué es lo que arraiga, lo que ancla, lo que permanece, responde: el ser, la idea, lo inmutable.
Si se le pregunta a un pueblo ancestral, responde que es el agua. El agua con su pareja, el fuego. El vapor que sube y baja, el líquido sagrado que fecunda la tierra, la semilla que brota del lodo. Encontró toda una metafísica montada sobre la pregunta por la vida y sus condiciones materiales, mientras la otra, que ya conocía, se había dedicado dos mil quinientos años a teorizar sobre lo que no cambia y olvidaba preguntar qué hace posible que algo viva. Dice el profe que el principio que pone en movimiento al pensamiento occidental es la negación. Algo empieza cuando el uno niega al otro. La oposición, el antagonismo, algunos le dicen directamente "la guerra".
Mientras en las filosofías ancestrales el principio que genera movimiento es la complementariedad, y una complementariedad que no borra las diferencias sino que las produce: agua y fuego se complementan para diferenciarse. Dos metafísicas distintas. Una de ellas lleva veinticinco siglos enseñándonos que conocer es separarse de lo conocido, y de esa separación salió el objeto de estudio, la naturaleza como cosa, la tierra como mercancía, la mujer y el indígena y el negro puestos del lado de lo que cambia, de lo inferior, de lo manipulable. El hombre blanco quedó del lado de lo que permanece. Eva sale de la costilla de un hombre y Atenea de la cabeza de Zeus...
De ahí viene el ecocidio. Podemos contaminar la tierra porque primero la cosificamos. Eso que llamamos cambio climático, en la filosofía zapoteca, es un desequilibrio entre el agua y el fuego. Y los pueblos sabían que esto iba a pasar. Sabían que la conquista iba a llegar antes de que nacieran Colón y Cortés, y sabían también que lo ancestral iba a regresar. Ailton Krenak dice que el futuro es ancestral.
La universidad occidentalizada universalizó la experiencia de unos pocos países y, sobre todo, de sus hombres, presentándola como conocimiento universal cuando en realidad era una epistemología particular.
Descartes no inventó un criterio de verdad; secularizó los atributos del Dios de la cristiandad: universalidad más allá de toda particularidad, verdad más allá del tiempo y del espacio, objetividad entendida como neutralidad. Como el ojo de Dios. Ese viejo blanco de barba que flota en una nube y castiga. Un ser humano no puede cumplir ninguno de esos tres criterios, porque todos estamos situados, pero sirven perfectamente para encubrir la particularidad de unos y acusar a los otros de ser particulares. Por ejemplo, llega alguien a hablar desde la filosofía zapoteca y le dicen que está sesgado.
Grosfoguel (@ProfGrosfoguel) dice que las mismas disciplinas en las universidades occidentales son hijas del siglo XIX imperialista.
¿La geografía? Para su geopolítica imperialista.
¿La economía? Para su política económica.
¿La antropología? Para entender a los colonizados y dominarlos mejor.
¿La sociología? Para los problemas de adentro del imperio.
¿La ciencia política? Para el Estado.
Cada disciplina tiene un rol en el marco categorial de los imperialismos europeos. Seguimos organizando el conocimiento con ese reparto, fragmentándolo hasta que ya nadie entiende qué está pasando, y después vamos a congresos donde se discuten los problemas de la disciplina y no los problemas de la vida, y salimos deprimidos. En Copenhague el mundo occidental se reunió a resolver la crisis ecológica y terminó en nada, porque el marco con el que pensaban el problema era el mismo que está destruyendo el planeta.
En Cochabamba los pueblos originarios llegaron con propuestas concretas. "Cuando uno de verdad quiere aprender, está dispuesto a desaprender. Está dispuesto a reaprender lo que aprendió mal." Eso choca de frente con el ego moderno, con la vida entera invertida en Hegel, en Kant, en Marx, con la vergüenza de admitir a los cincuenta años que hay que empezar otra vez. Grosfoguel propone pasar de la universidad a la pluriversidad, del uno que decide qué es verdad a un diálogo entre muchos horizontes. Leer sí, también a los cinco países, pero como uno más en la conversación y no como el centro.
Si un profesor con doctorado, hablante de su lengua, hijo de una cultura de cinco mil años, tuvo que llegar a la mitad de su vida para descubrir humildemente que no sabía nada de lo suyo, ¿por qué no podemos también nosotros? Vivimos convencidos de que sabemos. Nos graduamos, nos titulamos, nos sentimos formados.Nos la pasamos la vida entera sin enterarnos, citando a europeos y sintiéndonos cultos, mientras debajo de nuestros pies hay treinta siglos de conocimiento sepultados, borrados, olvidados, que nadie nos nombró nunca. Nos colonizaron y con la universidad occidental nos deformaron.
Fuente
Édisson. Edisson_hilos.2026, 26 de agosto. [Un profesor universitario zapoteco se la hizo a sí mismo a mitad de su vida y de una carrera profesional ]. X. https://x.com/Edisson_hilos/status/2092761642928943461